Por Ana María Shua
¡Un libro! Pero un libro es tan poco…¿qué podría hacer un lector con un solo libro? Yo necesito muchos, todos al mismo tiempo, un poco de aquí y otro poco de allá. Verano de Coetzee, maravilloso y terrible, no sólo nunca leí, nunca pude siquiera imaginar que un autor sería capaz de denigrarse a sí mismo de esa manera cruel, entomológica y desapasionada. Es genial y duele. Alice Munro, qué cuentos, qué cuentazos escribe esa vieja loca canadiense, se cree que está escribiendo una novela, te trae a los personajes completos, con su familia y su pasado y sus amigos y sus compañeros de trabajo, cargados de historia, y lo que debería convertirse razonablemente en una novela de 500 páginas resulta, misteriosamente, en un cuento perfecto de treinta como mucho. ¿Cómo, cómo, cómo lo hace? Pero también están las memorias de Chauteaubriand, sus Memorias de Ultratumba, tanto mejores y más interesantes que sus engendros romáticos, famosísimos en su época y hoy pasados y pisados. Cuatro gruesos tomos y hasta ahora leí solamente uno, pero voy por los demás. Qué personaje de sí mismo, justo lo contrario de Coetzee, ese hombre se adoraba, se rendía pleitesía, no hacía más que admirarse de su propia inteligencia, de sus múltiples talentos y sin embargo…Sin embargo, quién se resiste a tanta inteligencia, a tan múltiples tanlentos. El hombre sabe lo que hace, es interesante enterarse de primera mano por qué orinó Sartre sobre su tumba. Y la mejor novela argentina de los últimos tiempos, La orfandad, de Silvia Iparraguirre, un libro que puede sostenerse derecho y mirar sin bajar la vista directamente a la cara de La tierra del fuego, otra novela genial de la misma autora. Lector, lector, no te distraigas, está por ahí Hernán Ronsino, argentino, menos de cuarenta, dos novela onettianas con una prosa honda como la muerte, buenas como la vida: Glaxo y La descomposición, hay que buscarlas pero encontrarlas es un lujo. Y sigo leyendo…
