Por Patricia Suárez
(Reseña bibliográfica no ortodoxa)
Conocí a Simenon hace década y media. Yo estaba en la casa quinta de una amiga en Sauce Viejo, Santa fe, en pleno verano. Hacía demasiado calor todo el día y mi amiga leía, uno tras otro, los libros del Inspector Maigret. Yo nunca había oído hablar de él hasta entonces y me sonaba un poco como el Inspector Clouseau, aquel que siempre anda detrás de la Pantera Rosa. Mi amiga, por su parte, hablaba de Maigret, de la señora Maigret, de los métodos de deducción, de la policía francesa y de la cocción de ragout, con una familiaridad tal como si hablara de la vecina o de una amiga de la escuela primaria. Yo nunca había oído a nadie hablar así de un personaje. Así que conocí a Maigret, y por ende, conocí a Simenon (Lieja, 1903-Lausana, 1989). Las historias de detectives no son mi taza de té y no sentí el mismo entusiasmo que mi amiga. Aunque la ejecución del policial era poco más que perfecta, a mi juicio Maigret es frío y desapasionado. De alguna manera, me atrevo a opinar, este defecto lo corrigió Andrea Camillieri, cuyo Montalbano es una cruza de Pepe Carvalho y Maigret.
